“La escuela ha perdido el monopolio del conocimiento, pero no su importancia”: el psicopedagogo Anibal Bogliaccini explica cómo debe cambiar la educación con la IA

“La escuela ha perdido el monopolio del conocimiento, pero no su importancia”: el psicopedagogo Anibal Bogliaccini explica cómo debe cambiar la educación con la IA

“Si dentro de unos años los estudiantes saben usar la IA, pero han perdido la curiosidad, la empatía o la capacidad de hacerse preguntas, habremos fracasado”. Así de directo es Anibal J. Bogliaccini, psicopedagogo, director de Lab International School y autor del libro La educación silenciosa, que considera que el gran reto ya no es impedir que los alumnos utilicen la IA, sino redefinir el papel de la escuela. La inteligencia artificial ha dejado de ser una tecnología del futuro para convertirse en una herramienta cotidiana en las aulas. Hoy cualquier estudiante puede pedirle que resuma un libro, resuelva un problema matemático, redacte un trabajo o explique un concepto complejo en apenas unos segundos.

Ante este escenario, “la escuela ha perdido el monopolio del conocimiento, pero no su importancia”, resume el experto. En su opinión, la misión de los centros educativos ya no puede limitarse a transmitir información cuando cualquier respuesta está al alcance de un clic. Ahora, sostiene, el verdadero objetivo pasa por enseñar a pensar, interpretar, cuestionar y desarrollar un criterio propio.

La inteligencia artificial obliga a replantear el propósito de la escuela

Durante décadas, buena parte del aprendizaje escolar se ha basado en acceder a la información, memorizar contenidos y encontrar la respuesta correcta. Sin embargo, la irrupción de herramientas de inteligencia artificial ha cambiado por completo ese paradigma.

Para Anibal J. Bogliaccini, este cambio obliga a revisar qué debe ofrecer realmente la educación. “Si una máquina puede responder, resumir o resolver en segundos, la misión educativa ya no puede limitarse a transmitir información. Tiene que centrarse en enseñar a pensar, interpretar, cuestionar y construir criterio propio”, explica.

El psicopedagogo considera que la cuestión ya no consiste en decidir si los alumnos deben utilizar inteligencia artificial, sino en enseñarles a comprender las respuestas que reciben, detectar posibles errores, identificar sesgos y relacionar esa información con su propia forma de entender el mundo.

“El profesor no pierde valor: gana importancia”

Uno de los debates más habituales desde la llegada de la inteligencia artificial es si acabará sustituyendo al profesorado. Bogliaccini responde con rotundidad que no.

Según explica el director de Lab International School, una IA puede explicar un contenido de múltiples formas, pero carece de la capacidad para comprender a la persona que tiene delante.

“No sabe qué le preocupa un alumno, qué le bloquea, qué le motiva o qué necesita emocionalmente en un momento determinado. Educar no es solo transmitir información; es acompañar a una persona mientras aprende”, afirma.

Precisamente por ello, considera que el papel del docente será todavía más relevante. Frente a una tecnología capaz de generar respuestas inmediatas, el profesor aporta algo que ninguna máquina puede replicar: la capacidad de observar, orientar, despertar la curiosidad, formular buenas preguntas y ayudar a construir pensamiento crítico.

“Cuanto más inteligente sea la tecnología, más importante será la mirada humana del docente”, resume.

Los deberes tendrán que dejar de premiar la repetición

La transformación también alcanzará a las tareas escolares.

Para Bogliaccini, aquellas actividades que consisten únicamente en reproducir información o encontrar una respuesta concreta perderán progresivamente su utilidad educativa.

“Si una máquina puede resolver un ejercicio en treinta segundos, quizá la pregunta no sea cómo impedir que el alumno la utilice, sino si ese ejercicio sigue teniendo valor educativo”, plantea.

En su opinión, los deberes deberán evolucionar hacia actividades donde tengan más peso la reflexión, la argumentación, la creatividad, la investigación, el trabajo por proyectos o la capacidad de explicar el proceso seguido para llegar a una conclusión.

El experto defiende que el aprendizaje no debería evaluarse únicamente por el resultado final, sino también por el razonamiento que conduce hasta él.

La competencia más importante será aprender a hacer preguntas

En un contexto en el que obtener respuestas resulta prácticamente inmediato, Bogliaccini cree que una de las habilidades más valiosas será formular buenas preguntas.

“La alfabetización en inteligencia artificial no consiste solo en aprender a utilizar una herramienta. Consiste en desarrollar criterio para saber cuándo pedir ayuda, cómo utilizar esa ayuda y cuándo cuestionarla”, sostiene.

A su juicio, la inteligencia artificial puede convertirse en un extraordinario apoyo educativo siempre que complemente el aprendizaje y no sustituya el esfuerzo intelectual del alumno.

De hecho, compara su potencial con el de un profesor particular disponible las veinticuatro horas del día, aunque recuerda una diferencia fundamental: “Un buen profesor no da respuestas todo el tiempo, sino que ayuda a pensar. Ese debería ser también el papel de la inteligencia artificial”.

La mejor escuela no será la que tenga más inteligencia artificial

Más allá de la tecnología, el psicopedagogo recuerda que la educación también debe responder a otros desafíos que ya forman parte de la realidad de niños y adolescentes, como la salud mental, la diversidad, la hiperestimulación digital o la incertidumbre sobre el futuro laboral.

Por eso, considera que incorporar inteligencia artificial al aula no será suficiente si los centros educativos no reflexionan sobre qué tipo de personas quieren formar.

“La mejor escuela del futuro no será la que tenga más inteligencia artificial, sino la que sepa utilizarla para potenciar aquello que nos hace profundamente humanos: el criterio, la creatividad, la empatía, la curiosidad, la capacidad de convivir con otros y de hacerse preguntas propias”, afirma.

Como director de Lab International School y especialista en psicopedagogía, Bogliaccini defiende que la inteligencia artificial puede ayudar a personalizar el aprendizaje, adaptar las explicaciones al ritmo de cada alumno y liberar tiempo para que los docentes puedan centrarse en aquello que ninguna tecnología puede sustituir: conocer mejor a sus estudiantes y acompañarlos durante su desarrollo personal y académico.

En su opinión, el verdadero éxito de la escuela no dependerá de cuánta inteligencia artificial incorpore en sus aulas, sino de su capacidad para seguir formando personas capaces de pensar con libertad. “Si dentro de unos años los estudiantes saben usar la IA, pero han perdido la curiosidad, la empatía o la capacidad de hacerse preguntas, habremos fracasado. Si ocurre lo contrario, la IA habrá sido una de las grandes oportunidades de la educación”, concluye.