La planificación en investigación puede hacer fracasar buenos proyectos

La planificación en investigación puede hacer fracasar buenos proyectos
NOTICIA de Javi Navarro
20.06.2012 - 20:49h    Actualizado 22.03.2023 - 17:44h

El ingeniero electrónico Carver Mead, inventor de 80 patentes y fundador de una veintena de empresas, ha asegurado que el éxito de la tecnología pasa por un apoyo comercial en la investigación aunque éste no se puede planificar, puesto que puede que un proyecto no salga bien a la primera y haya que seguir intentándolo, puesto que innovar es siempre un proceso caótico que tiene que ser apoyado.

La investigación del ingeniero Carver Mead ha dado lugar a más de ochenta inventos patentados, y es fundador de una veintena de empresas. El ingeniero Considera que actualmente nos encontramos en un momento en el que la industria presiona para que la tecnología se desarrolle. Por este motivo es fundamental el apoyo a las pequeñas empresas surgidas de la investigación académica.

Mead defiende que “la investigación básica es absolutamente esencial para el éxito económico”, pero recuerda que es una relación que se puede estimular, pero no forzar: “Al invertir en ciencia hay quien piensa que la innovación se puede planificar y eso es un error. En el mejor de los casos podemos favorecer el que tenga lugar”.

La planificación es, de hecho, “una de las maneras más eficaces de desalentar la innovación. Muy pocas de las ideas innovadoras tienen éxito, pero si no se permite intentarlo, ninguna lo tendrá”, ha dicho Mead.

“Hay una especie de resistencia cultural a admitir que la innovación es un proceso caótico, pero así es, porque innovar es, por definición, crear algo que no se había hecho antes.
Debemos intentar no aplastar las ideas de los jóvenes. Tenemos que dejar que el éxito ocurra, que los que tienen aspiraciones lo intenten, tolerar que fracasen sin que eso se considere un desprestigio. Conseguir este cambio cultural es más difícil que convertir una idea en un producto comercial”.

Mead ha sido clave en el desarrollo del famoso Silicon Valley, la cuna de la actual revolución digital. El premio se le concede por hacer posible “la construcción de los microchips con miles de millones de transistores que rigen el funcionamiento de los dispositivos electrónicos -ordenadores portátiles, tabletas, móviles, DVDs, automóviles híbridos- hoy omnipresentes en nuestra vida diaria”, señala el acta del jurado.

La labor de Mead ha sido reconocida por la Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) Entre sus logros está el haber calculado, en los años setenta, el límite físico de la miniaturización de los chips. Muy pocos creían por entonces que los circuitos integrados pudieran llegar a ser tan pequeños, pero Mead, lejos de hacer una estimación a la ligera, se basó en su propia investigación en la física de los semiconductores, de carácter fundamental. Su siguiente paso fue predecir que estos microprocesadores estarían compuestos por miles de millones de transistores, para después descubrir cómo integrar todos esos componentes en una placa de silicio minúscula. Mead se convirtió así en el creador de los hoy omnipresentes dispositivos VLSI (siglas en inglés de Sistemas Integrados a Muy Gran Escala).

En el marco del evento de la Fundación, Mead ha reflexionado sobre el límite de la miniaturización de estos dispositivos: “Estamos en uno de esos momentos emocionantes en que la industria presiona fuertemente a la investigación para hacer transistores cada vez más pequeños, y realmente no podemos saber lo vendrá hasta que estemos allí”.

¿Cuál es la fórmula para traducir los resultados científicos en desarrollo económico? “Cuando se gestiona bien por ambas partes [el ámbito académico y el empresarial] hay una potente relación simbiótica entre la investigación académica y los desarrollos tecnológicos comerciales”, dice Mead.

Para que eso ocurra, explica, deben darse las condiciones adecuadas. Una de ellas tiene que ver con la mentalidad en ambos mundos. “En Estados Unidos sufrimos hace tiempo la gran separación entre investigadores y empresarios. En el fondo estaba la vieja idea de que, en cierto modo, las empresas de nueva creación -las startup- no tienen que ver con la investigación pura porque, como su objetivo es ganar dinero, no merecen la dedicación de los auténticos investigadores. Pero para los académicos es mucho más peligroso no tener contacto alguno con el mundo comercial real, porque se arriesgan a quedar obsoletos y a perder las muchas oportunidades para hacer ciencia fundamental que se generan en el contexto de las tecnologías emergentes”.

Los empresarios, por su parte, deben tener claro que la inversión en ciencia es necesaria. Pero Mead puntualiza: “Probablemente es cierto que la inversión en investigación básica de las grandes compañías a menudo no crea ganancias para esas empresas en particular. La inversión en desarrollo [de nuevas tecnologías] sí, los laboratorios de desarrollo han generado muchos productos importantes. La fórmula que mejor funciona [para traducir la ciencia en desarrollo] es que las grandes compañías compren empresas pequeñas surgidas de la ciencia que se hace en las universidades, y que hayan demostrado esa tecnología en el mercado. Este mecanismo es muy eficiente para todos los implicados”.

Sin predictores de éxito
No es un camino fácil, entre otras cosas porque, según Mead, no hay indicadores que aseguren que una nueva tecnología triunfará. “No conozco ningún método fiable de hacer estas predicciones. El problema es que los éxitos realmente grandes se dan en áreas en las que, simplemente, ¡el mercado no existía previamente!”.

Él se basa en su propia experiencia para explicar -no sin ironía- cómo un investigador llega a empresario de éxito: “Cuando se tiene una nueva tecnología uno puede ver, de forma difusa, para qué podría ser útil. Entonces, con suerte, puede que des con alguien con un buen sentido del marketing y se le ocurra una aplicación; si es buena se logra convencer a un inversor para crear una compañía start-up. Y si esta empresa fuera de las muy pocas que acaban teniendo éxito, los tecnólogos y el experto en marketing proclamarán su genialidad y dirán que lo vieron claro desde el principio. Sin duda, escribirán un libro sobre su brillantez. Pero, en los momentos de cordura admitirán que, como todos sabemos, en los éxitos hay también mucho de suerte”.

Por ello el riesgo es un ingrediente fundamental, principio que Mead transmite tanto a los innovadores – “Las start-up son 100 % riesgo, está en su esencia”, dice- como a los responsables de la política de I+D: “La innovación, por su propia naturaleza, implica riesgo. Pero este riesgo palidece, comparado con el de no innovar”.

Consejos a los emprendedores
¿De cuál de las empresas que ha fundado se siente Mead más satisfecho? “De las que hacen una contribución tecnológica que funciona en el mundo real. Synaptics fue pionera en la creación de superficies táctiles que hoy forman parte de la vida de todos. Audience desarrolló chips para el procesado de voz que emulan algunas de las funciones del sistema auditivo humano; Foveon (ahora parte de Sigma) crea sensores que capturan las imágenes más exquisitas. Me siento inmensamente orgulloso de las personas que han permitido que estos esfuerzos tengan éxito, y recompensado por haber formado parte de ellos”.

Sin embargo, reconoce que no siempre acertó a la hora de predecir el éxito de sus tecnologías. Algunas “han tardado más de 20 años en dar sus frutos”. Por eso aconseja a los innovadores-emprendedores: “Prepárate para las críticas. Aprende de tus errores y sigue adelante. Si fallas, habrá otra oportunidad de éxito. Y tras el triunfo, ayuda a los innovadores que vienen detrás”.

“A menudo la ayuda a los nuevos innovadores viene de individuos, es mucho más difícil que provenga de organizaciones muy estructuradas”, ha dicho Mead.



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